Laicidad Hoy

          Está incorporado a la esencia de nuestra República el principio de laicidad, que hace 100 años quedó estampado en la Constitución cuando se separaron Estado e Iglesia y se dispuso que el Estado “no sostiene” religión alguna.

          El proceso había sido largo, desde la secularización de los cementerios en 1861, luego de la negativa sacerdotal a enterrar un masón; el destierro del Vicario Jacinto Vera y la ley de Educación Común de 1877, piedra angular de la escuela “laica, gratuita y obligatoria”. Paso a paso, se fueron dando avances emancipadores, como fue la Ley de Registro de Estado Civil de 1879 y —ni hablar— la de Divorcio, de 1907, complementada más tarde con la de divorcio por sola voluntad de la mujer, verdadera revolución para su tiempo.

          La república laica, entonces, entendida como la configuración de un Estado neutral e imparcial ante el fenómeno religioso, fue el resultado de un proceso largo y apasionado. Ya en los años 30 del siglo pasado, sin embargo, se vivía un clima de mayor tolerancia, que fue progresivamente afianzándose. La presencia de inmigrantes de religión judía, cristiana protestante o aun católica oriental, contribuyó decisivamente a que la convivencia pasara a ser una bienvenida costumbre. Ha de reconocerse también que la Iglesia Católica, a partir de Juan Pablo II, asumió una actitud activa en el reconocimiento de su ancestro judío y la hermandad con los demás creyentes de los textos bíblicos.

          En los últimos tiempos se han dado algunos debates coyunturales, que no alteran sustantivamente el equilibrio de un Estado respetuoso ante la vida religiosa. Es más, quienes —como liberales— nos sentimos celosos custodios de la laicidad de nuestra República, hemos asentado de modo inequívoco que ese principio no supone hostilidad para las creencias y, mucho menos, para la práctica libre de todos los cultos.

          Las últimas décadas han mostrado otra dimensión de la neutralidad del Estado en el mundo del pensamiento y hace tanto a la filosofía como a la ideología política que de ella deriva. Nuestra Constitución, en efecto, es raigalmente liberal y la armónica interpretación de sus principios nos conduce a respetar en el ciudadano la “independencia de su conciencia, moral y cívica”, aun en el ámbito laboral privado. En la actividad de los funcionarios del Estado, la norma es también clara: “En los lugares y las horas de trabajo, queda prohibida toda actividad ajena a la función, reputándose ilícita la dirigida a fines de proselitismo de cualquier especie”. Principio éste que naturalmente llega a los ámbitos de la enseñanza pública, lo que es congruente con que el legislador ha establecido, como conmemoración oficial del Día de la Laicidad, los días 19 de marzo, fecha de nacimiento de José Pedro Varela, el reformador escolar .

          En este ámbito se han dado los mayores debates de laicidad, desde los años 60 del siglo pasado, cuando los ideales de la revolución cubana irrumpieron en América Latina e inspiraron, tanto su difusión como en acciones guerrilleras que por medio de la violencia intentaron derribar las instituciones democráticas, despreciadas como hijas de un pensamiento “burgués”. Por esta vía se introdujo en las aulas un severo cuestionamiento al orden institucional de nuestra República, que dio lugar a enfrentamientos, disposiciones administrativas y debates en ocasiones apasionados.

          Suele ser dificultoso hacer entender que en todos los ámbitos, y especialmente en la educación, el deber del Estado es afirmar la Constitución y defender sus principios, que supone asegurarles a todos los habitantes del país “el goce de su vida, honor, libertad, seguridad, trabajo y propiedad”. En la escuela y el liceo no hay “libertad de cátedra” y donde la hay —en el ámbito universitario— el análisis de las diversas doctrinas, distintas a la constitucional, supone un equilibrio que no se debe deslizarse nunca hacia un proselitismo en su favor.

          La vida es más imaginativa que el legislador. Por eso resulta difícil cristalizar en normas o disposiciones las aristas siempre esquivas de la acción pública. Ello no obsta, sin embargo, a que una lógica y equilibrada interpretación del principio preserve los ámbitos de la libertad de conciencia de los educandos y procure su formación en los ideales fundamentales del estado democrático: libertad de expresión del pensamiento, separación de poderes, principio de legalidad, elecciones estrictamente garantizadas, economía basada en la propiedad privada y la libertad de comercio, laicidad… Desgraciadamente, no luce esta idea como prioridad de nuestro sistema educativo cuando se sobrevalúa el espíritu crítico en desmedro de la fe en el sistema. Ella debiera rescatarse para cumplir el ideal vareliano de que “para fundar la Republica lo primero es forma republicanos”.

Julio María Sanguinetti

Laicidad

         La Laicidad y las causas de las violaciones continuas a que la misma estuvo y está sometida en el mundo, desborda el marco en que se desarrollaron dichas violaciones de las cuales, las más visibles, eran las que tenían enfrentadas a dos instituciones: La Iglesia Católica y la Masonería; este enfrentamiento en el Uruguay, opacó otras formas de violaciones a la laicidad.

         Se comete una acción contra la laicidad cuando asoma la intolerancia contra los pensamientos, posturas, ideologías, religiones, filosofías, culturas, formas de vida, opciones personales, que no me agradan, aunque no agredan al conjunto de la sociedad.

         Las religiones violaban la laicidad cuando, desbordando su propio marco, pretendían regir, muchas veces asociadas con los Estados, un papel rector único, fundamentalista, subordinando no sólo a las ciencias sino toda la vida social, las intimidades familiares, promoviendo censuras morales, y distorsionando la vida y el destino de los seres humanos en un abarcamiento totalizador o totalitario, sin faltar el atropello a otros credos religiosos.

         Creo que violan la laicidad las filosofías cuando, creando sistemas filosóficos como explicación del origen del devenir y del futuro que deberían tener las sociedades humanas, originan a su vez, en el afán de sustentarlas, regímenes despóticos, abundantes en los siglos XIX y XX, y aún, por desgracia, subsistentes en el actual siglo XXI.

         Violan la laicidad los partidos políticos, cuando hacen de sus concepciones ideológicas y políticas, verdaderas religiones que los lleva, cuando ejercen el poder, al fundamentalismo político, situaciones paradigmáticas abundan como las que el mundo tuvo que vivir en el siglo XX, con inicuas dictaduras que arrasaron los derechos, el futuro y las vidas de pueblos enteros, dictaduras que por desgracia, aún subsisten.

         El problema fundamental radica en que las ciencias muchas veces también se fanatizan y no se resignan a que los descubrimientos científicos son, como por ejemplo en las ciencias históricas en las que yo trabajo, una explicación provisoria e interpretativa de fenómenos, que serán modificadas por hombres de las generaciones futuras, lo que nos obliga a ser cautelosos y humildes.

         En fin, creo que no hemos comprendido que no existen verdades absolutas que puedan ser esgrimidas por los seres humanos; y que lo único que podemos considerar como tal es el movimiento, la energía, de la que no podemos medir más que sus efectos; y que estamos sumidos en esa dinámica del cambio.

         Esa comprensión es necesaria para limar nuestras vanidades, nuestros alardes, y ponernos en la situación de lo que somos: un punto en el universo.

         La crisis cultural y educacional que vive el mundo, no acierta en métodos educativos que preserven la laicidad; para mi -y no pretendo tener la única y verdadera solución- la enseñanza simbólica es la que más se adapta al método que promueve la verdadera laicidad, ya que los símbolos nos ayudan en la medida que éstos, enigmáticos de por sí, no dan una única y acabada respuesta a las preguntas que se le formulan, y las contrapuestas interpretaciones que los símbolos generan, muestran que lo que concebimos como la verdad, puede tener contrapartidas y verdades opuestas, aprendiendo de esta manera lo relativo de las interpretaciones, educando nuestro discernimiento, que es el arma principal contra el despotismo intelectual y los fanatismos fundamentalistas.

         En estos momentos de crisis donde la laicidad muchas veces queda maltrecha por cierta docencia que cree tener la verdad revelada, constatamos que nos falta reflexión de la situación que vive la enseñanza.

         El método que responde a la preservación de la laicidad, es la piedra angular para el abordaje de la educación; y para mí radica en que no debemos enseñar lo que deben creer o no los educandos; en cambio debemos estimular en ellos la búsqueda de la verdad, de su verdad, con sus propias fuerzas, vedándonos toda coerción espiritual o de conciencia, tratando de apagar nuestras vanidades, nuestros alardes eruditos, y velar por el desarrollo y la manifestación del educando.

         Pero siempre debemos tener presente, que no ayudamos a la laicidad si, no sólo desde el ejercicio de la docencia, sino además, de la vida de relación social, no aplicamos el mismo método presidido por la tolerancia a todas las ideas que no supongan masacres ni suicidios sociales, orquestados por el fanatismo. Como se ha dicho alguna vez que no recuerdo: los males triunfan siempre cuando el bien se vuelve indiferente.

Mario Dotta Ostria

El futuro de la laicidad

El concepto de laicidad nació en Francia, en el marco de fuertes enfrentamientos entre clericalistas y secularizadores. Ese conflicto no era igual al ocurrido en otros países, donde el choque principal se produjo entre diferentes religiones. Por ejemplo, el conflicto principal en Inglaterra se produjo entre la Iglesia Anglicana y diferentes denominaciones protestantes, como los cuáqueros. Y el conflicto principal en Alemania se produjo entre protestantes y católicos.

Por esta razón histórica entre otras, la “solución laica” no se ha aplicado en todas partes. Se trata de una de las maneras posibles de entender la separación entre las iglesias y el Estado, pero no la única. De hecho, la palabra “laicidad”, en el sentido en que nosotros la empleamos, no existe en inglés ni en alemán.

La mayor influencia del concepto de laicidad estuvo en la propia Francia y en algunos países con una fuerte impronta cultural francesa, como fue Uruguay durante mucho tiempo. También en nuestro país, el concepto adquirió importancia cultural y política en el marco de un conflicto entre clericalistas y secularizadores. Las grandes batallas ocurrieron más o menos al mismo tiempo que en Francia.

Como resultado de estos hechos históricos, la gravitación del concepto de laicidad pasó a ser un rasgo distintivo de la cultura y de la política uruguayas. Se trata de un rasgo que nos diferencia notablemente de nuestros vecinos. Y se trata de un rasgo que nos ha teñido a todos, incluyendo a aquellos que pueden tener una mirada crítica sobre el propio concepto de laicidad o sobre el modo en que ha sido aplicado. En mayor o menor medida, casi todos los uruguayos somos “laicos”. Hay prácticas institucionales que son frecuentes en otros países pero no tienen ningún lugar entre nosotros, ni nadie reclama que lo tengan.

Como todo concepto influyente, la idea de laicidad no es estática sino dinámica. Esto significa que la vamos reinterpretando a lo largo del tiempo, a medida que los conceptos históricos van cambiando. Ese es un proceso en el que nos vemos involucrados de manera permanente, independientemente de lo conscientes que seamos de ello. Pero las cosas andan mejor cuando lo hacemos de manera consciente.

Hay una razón muy obvia por la que ya no podemos entender el concepto de laicidad del mismo modo en que era entendido a fines del siglo XIX. Esa razón es que el conflicto que lo instaló ha dejado de existir. Hace mucho que el enfrentamiento entre secularizadores y clericalistas se ha extinguido entre nosotros. Ese conflicto desapareció porque hubo una rotunda victoria del bando secularizador. En el Uruguay de hoy, no hay voces públicas que defiendan ninguna forma de retorno al clericalismo. Y quienes puedan pensarlo en su interior, aunque se abstengan de decirlo, son poco más que una rareza estadística.

 

Pablo Da Silveira

Megafauna del Pleistoceno: el gigante Megaterio

Megafauna del Pleistoceno: el gigante Megaterio // Últimos enfoques ilustrados con alucinantes imágenes

Características

Del volumen de un hipopótamo o incluso del tamaño de un elefante, el Megaterio, variedad gigantesca de perezoso gigante, parado sobre sus patas traseras, para alcanzar las hojas de las copas de los árboles de las que se alimentaba, alcanzaba los seis metros de altura.

Estaba dotado de tal fuerza, que se cree que era capaz de arrancar de cuajo árboles pequeños.

A diferencia de los perezosos que hoy viven en América, llevaba una existencia terrícola y no arborícola. Aunque sus antepasados se desplazaban de árbol en árbol, a través de su desarrollo, su peso fue en aumento, viéndose obligados a vivir siempre en el suelo.

El Megaterio forma parte de los xenartros (término griego que significa extraña articulación) dado que sus vértebras estaban articuladas de un modo desusado en los mamíferos.

El primer esqueleto completo de este animal fue ubicado en 1789, en las pampas argentinas, que en ese entonces formaba parte del inmenso Virreinato del Río de la Plata, siendo trasladado a Madrid para ser estudiado en detalle por los naturalistas.

Habitante del Pleistoceno, este lento plantígrado se apoyaba en cuatro patas, armadas de poderosas garras. Se extendió por toda Sudamérica, e incluso llegó a poblar el sur de los actuales Estados Unidos. Su extinción dataría de tan sólo 10.000 años.

El gran monstruo

Este monstruoso animal fue bautizado como Megaterio, que significa “Gran bestia” en 1856, por el Dr. Richard Owen,el gran paleontólogo británico.

Hace 35 millones de años, existían ya perezosos muy grandes, los que tuvieron un extraordinario éxito a principios de la Era Cuaternaria.

Docenas de esqueletos completos han sido encontrados, desde el primer ejemplar que se conoció en 1789, el cual fue enviado a España por el Gobernador de Buenos Aires.

Los huesos mostraban que un animal tan grande como el elefante había vivido en América, pero que presentaba, por cierto, un aspecto muy diferente.

El Megaterio podía caminar en cuatro patas, con cierta lentitud, pero también era capaz de levantarse sobre las dos traseras, adquiriendo entonces un aspecto grandioso y aterrador.

Tenía este animal, una cadera amplia y la cola, ancha y corta, le ayudaba a formar un trípode junto con las patas traseras enfrentando así al “Tigre diente de sable” su gran oponente.

 

 

 

Las anchas mandíbulas, probablemente albergaban una larga lengua, como sucede con los perezosos modernos, que pudo utilizarse para sujetar hojas.

El Megaterio, se erguía también para alcanzar la parte alta de los árboles, y usaba las largas garras de las manos para juntar hojas.

Hace unos 11.000 años, el Megaterio se había extendido por toda Sudamérica y llegado a poblar el sur de los Estados Unidos.

Pero el grupo completo, se extinguió súbitamente, hace 10.000 años.

Algunos autores han sostenido que un cometa que impactó en América por aquella época, cuyos vestigios fueron encontrados, fue el causante de tal catastrófica y repentina extinción.

Estas imágenes nos pueden dar una idea aproximada de la magnificencia de las formidables criaturas que habitaban en otros tiempos, en América.

Esperando que este artículo haya sido del interés de todos, Brunetto les saluda con el afecto de siempre.

Recuperar el valor del conocimiento

Quien esto suscribe piensa que no todo tiempo pasado fue mejor pero es inobjetable que nuestra sociedad sufre un cambio que estaría tentado de llamar: dramático si afortunadamente no existieran en acción algunos esfuerzos por combatir este problema.

Me refiero específicamente al nivel educativo de nuestra población pero no como una mera suma de aspectos como: asistencia a los institutos, escolaridad, etc. sino y espero específicamente detenerme en aquello que los que tenemos más de cuarenta años contábamos como un enorme valor en las personas y que hoy parece carecer de importancia o lo que es peor menospreciado.

En este sentido creo que hemos perdido aquella sana admiración por las personas instruidas, educadas y/o formadas en diversos aspectos no solo de ciencias, artes, historia, matemática sino y especialmente en filosofía, sociedad y por sobre todo en unos valores humanos que los enaltecían y les transformaban en modelos de vida para la comunidad.

Me pregunto si no se estarán extinguiendo aquellos hombres y mujeres sabios o peor aún, se han ido sustituyendo por una cierta inteligencia vulgar y obsecuente con todo lo que los medios de comunicación exponen con el afán de conseguir consumidores cada vez menos críticos tanto de productos como de ideologías.

Una de las claves es la lectura y especialmente lo que está íntimamente asociado a la decodificación de signos y reglas y la interpretación de aquello que tenemos en frente para así comprender y mejorar nuestra interacción con nuestro entorno social.

No alcanza con saber leer sino que es condición sin igual saber qué estamos leyendo y comprender con una mirada lo más imparcial posible aquello que encierra una ideología, incluido hasta este artículo, desde luego. Pues entonces la creciente incapacidad para escribir correctamente encierra en sí mismo una alteración de la comprensión de los individuos que no solo van abreviando palabras tan simples como por ejemplo la palabra: “Que” por la letra: “Q” sino que comienzan a tolerar absurdos tales como el: “Todas y todos” porque alguien entendió en forma muy errada que el masculino y el femenino de las palabras tiene algo que ver con la discriminación de género. Nada demuestra más claro que esto el deterioro de nuestro intelecto contemporáneo.Un hombre es “una” persona y una mujer es “un” ser humano y nada implica más que la comprensión implícita y explícita de lo que intento explicar y por lo tanto vuelvo a intentar comprender el porqué de la pérdida de aquella admiración por aquellas personas que poseían mayor conocimiento en diferentes aspectos de la vida y era un enorme privilegio aprender algo de ellas.

Hoy tenemos infinidad de ídolos vacíos, comunicadores en diversos medios que han hecho de la payasada y el comentario “de churrasquería” al decir de mi admirado Alejandro Dolina todo su contenido y aún sobre mi obvia aceptación del humor me resisto a que perpetuemos un estado de “eterna pachanga” aún en aspectos que deberían tomarse en serio. Así lo que nos compete es recuperar la educación para que volvamos a sentir aquella valoración por el conocimiento.

Para finalizar podría sostener que este esfuerzo por denostar al conocimiento es prácticamente un hecho mundial que entre otras cosas es el resultado de esta híper comunicación que paradójicamente nos aleja de nuestros semejantes, de los que viajan a nuestro lado por la vida y sumidos en el espejismo de las redes sociales nos manifestamos como zombies abstraídos del contacto humano cambiando a la gente por nuestras hipnóticas pantallas negras.

En síntesis y frente a la posible extinción del pensamiento ilustrado debemos recuperar la admiración por el conocimiento y comenzar a meditar sobre el rumbo de una civilización que camina mirando sus pantallas y arriesgándose a ser atropellados por una realidad que “tontifica” la existencia a grados superlativos.

Afortunadamente quedan algunas islas como el “Ateneo de Montevideo”, quizás la enorme posibilidad de entrar a un museo, ver una gala en el SODRE, asistir a una película en Cinemateca o tomarse una tarde para entrar a la Biblioteca Nacional a ver que hay allí en ese fabuloso recinto.

Creo que debemos honrar a los hombres y mujeres no solo inteligentes sino también sabios, a aquellos solitarios que sosteniendo la lámpara del conocimiento nos guiaban con sus trabajos o conversaciones hacia la luz de la sabiduría para así ayudarnos a ser no solo mejores personas, también a transmitir el enorme acervo cultural que corremos el riesgo de perder cambiándolo por la frívola admiración por el tonto del día.

Por: Darío Valle Risoto

Técnico en Comunicación Social

“MALEVITO” TRAZAS DEL TIEMPO PERDIDO PROUSTIANO EN UN TANGO VIEJO

    La conocida alusión al temps perdu que informa la gran novela de Marcel Proust se presta a inspirar analogías. En este caso nos lleva a un tango viejo; “Malevito”, con letra de Celedonio Flores y música de Pedro Maffia, grabado por Gardel en 1926; esta versión es prácticamente la única que ha llegado a nuestros días.

    De hecho, el tango es repositorio de tiempo perdido; con frecuencia sus letras tienen referencias a lugares, personajes, edificios que hoy no existen, mejor dicho, tienen existencia vicaria en aquellas letras. Permanecen congeladas en expresiones lingüísticas.

    El tango mencionado en el epígrafe proporciona dos ejemplos de lo que estamos exponiendo. Un verso reza: “Hoy parás en el Domínguez”. Esto se refiere al Café “Domínguez”, que fue un famoso café de Buenos Aires, reunión de la bohemia tanguera de las primeras décadas del Siglo XX. Así Julián Centeya “el hombre gris de Buenos Aires”, letrista y poeta lunfardo, quintaesencia del porteño a pesar de, o quizá parcialmente a causa de, haber nacido en Italia, con el nombre de Amleto Enrico Vergiati, lo celebra en una glosa a un tango instrumental compuesto por Alfredo de Angelis, que lo recuerda. Dice Julián Centeya: “Viejo Café Domínguez de la calle Corrientes, que ya no queda”.

    Una placa fijada en el número 1537 de la Calle Corrientes, recuerda el emplazamiento del mítico establecimiento en el año 1917; había iniciado sus actividades en el número 925 de la misma vía.

    Unos versos más adelante la letra nos acerca otro vestigio: ”Parecés el Trust Joyero/Por las joyas que cargás.” El Trust Joyero Relojero fue un establecimiento comercial de joyería, relojería y óptica que estaba situado en la intersección de Corrientes y Nueve de Julio, de la ciudad de Buenos Aires.

    El Trust Joyero Relojero comercializaba relojes suizos, objetos de cristal de Bohemia y alhajas de París. Ganó fama con la importación de relojes despertadores alemanes, de venta masiva al precio de noventa y cinco centavos de la época.

    Hoy el recuerdo de estos lugares desaparecidos en ”un mundo sepultado”, en palabras de Juan José Sebreli, permanece en la letra del tango que comentamos. Esos versos y la voz del Mago lo revelan fugazmente.

    Y es precisamente esa fugacidad la que nos lleva al tiempo perdido. El Café Domínguez y El Trust Joyero ya no existen y el tango que circunstancialmente los rememora, perdura. Dijo Francisco de Quevedo, en los dos versos finales de un soneto al que en otra oportunidad supimos referirnos en estas páginas:

¡….

Huyó lo que era firme y solamente

Lo fugitivo permanece y dura!”

NÉSTOR U. CAREAGA

JOSÉ ALONSO Y TRELLES, El Viejo Pancho

Hijo de Francisco Alonso y Trelles, maestro de primeras letras, y de Vicenta Jarén , nace el 7 de mayo de 1857 en la Villa del Ribadeo. A los 19 años viaja a América y se radica en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires. Intenta una nueva aventura en Río Grande, Brasil y luego se radica definitivamente en el Tala, donde forma su hogar y nacen sus hijos y donde realiza la obra que lo ha inmortalizado.

En 1915 aparece “Paja Brava”, Versos Criollos. “Renglones desiguales… cualquier día les llamo yo versos” dice el autor en el prólogo. No obstante, afirma Casimiro Monegal “El Viejo Pancho es quien ha sondado mejor el alma gaucha y expresado en versos perdurables las pasiones bravías, los dolores y las ternuras de nuestras Julietas y de nuestros Romeos criollos”. Las haciendas cimarronas y los entreveros a lanza los toma Trelles de la tradición; y del gaucho, canta lo menos conocido: sus sentimientos e instintos. Continuador de Hernández, Hidalgo, Ascasubi, Lussich, Del Campo, pulsa su lira con voz propia y revoluciona la métrica hasta entonces de arte menor. No obstante, esta producción suya es muy valiosa y conforma la mitad de su obra. Como decíamos, el Viejo Pancho renueva metros y ritmos e introduce en la poesía gauchesca los versos de arte mayor: endecasílabos, alejandrinos. A un lado quedan décimas y cuartetas simples que cultiva apenas. Supo de lides fratricidas y de lances con matreros, pero en su corazón dolía más la pena de un amor perdido que la herida de una lanza o de un cuchillo.

Bajo su apostura gringa y romántica y becqueriana imagen había un criollo nuestro, un hombre que internalizó mejor que nadie los sentimientos o como dijera Luis Hierro “su conocimiento del alma compleja del paisano”. La dicotomía entre civilización y barbarie es la misma en sus versos que en los de Hernández. Así, sus gauchos –como Fierro- se resignan al triunfo de la civilización pero sin incorporarse a ella. La transformación del entorno y del progreso que no siempre mejoran las cosas, ni la altanería de los que, fortuitamente, ejercen el poder o la autoridad le hacen decir: “Vaya no más usté, pa’ mí no tienen / ni un poquito de gracia las carreras/ pa’ que vi’ a dir, pa’ que cualquier milico / un guacho que ricién largó la teta/ me peche el mancarrón o le acomode/ la culata del mause en la cabeza” y resignado se aferra a sus ilusiones del ayer campesino “Deje nomás, deje nomás que el viejo/ se quede en sus taperas/ viendo pasar por las cuchiyas verdes/ las alegres visiones con que aún sueña…”

Uno de sus más renombrados poemas es el impar romancillo de exasílabos “Insomnio”: “Es de noche; pasa/ rezongando el viento/ que duebla los sauces/ cuasi contra el suelo./ Y en el fondo escuro/ de mi rancho viejo/ tirao sobre el catre/ de lechos de tiento,/ aguaito las horas/ que han de trairme el sueño./ ¡Pucha que son largas/ las noches de invierno!…”

Pero tal vez el poema que le dio mayor celebridad y que lo afirmó definitivamente en el rumbo del verso criollo fue “La Güeya”. Escrito en 1899 en su escritorio de Montevideo, se publica junto a “Resolución” en “El Fogón”, lo que motivó estas líneas de Alcides De María; “No se queje, amigo, que Ud. debe tener chiruzas a montones en sus pagos de “El Tala” y Trelles le responde con los versos “Entre Viejos”. En “La Güeya” el pulpero adquiere la condición de confidente, situación no tan común en la poesía criolla pero que tiene un cercano paralelismo con el relato que hace Cruz a Fierro, porque, en general, el paisano guarda para sí sus sentimientos pero aquí, como muy bien señala uno de sus críticos, el protagonista, “confidencial y pacífico no quiere la certidumbre y espera que el pulpero lo tranquilice”.

A los 43 años en que escribe estos versos –dice Manuel Benavente- Trelles sólo estaba enamorado de una diosa: la gloria. El amor, la pasión, la pena, la amargura ungieron el poema extraordinario para la inmortalidad en la poesía de América, sin embargo no fue escrito a una amante de carne y hueso sino a la gloria tantas veces esquiva; pero real o no, la chiruza de su poema tenía fragancia de rojas verbenas y hermosura de rústicas flores campesinas”. Corría el año 1923, estaba a punto de salir la segunda edición de “Paja Brava”, el poeta le confiesa al citado autor maragato en artículo publicado por el Suplemento Dominical de “El Día” el 13 de marzo de 1938: “¿Sabe una cosa? Me empiezan a gustar esos versos que antes miraba con cierta indiferencia. No todos, naturalmente. Creo que “La Güeya” es lo mejor que he hecho”. Y Benavente le pregunta: “¿Y ese amor desgraciado que Ud. canta, tiene algo de real? y el Viejo Pancho le responde: “¿No es Ud. poeta? ¿Ignora que los hijos de Apolo tenemos el divino privilegio de vivir muchas vidas? Varios me han hecho esa pregunta. Nada hay de cierto en ese amor infeliz. Lo inventé. Lo necesitaba. Porque yo, por más gaucho que se me crea, soy un romántico”.

El Viejo Pancho murió en Montevideo el 28 de julio de 1924. Era entonces el más celebrado poeta gauchesco, cuyos versos el pueblo sabía de memoria y recorrían el mundo en alas de la voz inigualable y mágica de Carlos Gardel. Alguna vez había afirmado: “Nací en Galicia para ser un cantor del campo uruguayo. Ese amor quejumbroso, romántico, que he puesto en muchos de mis versos es el resto de romanticismo que queda en mí”. ¡Y qué natural nos parecen a la distancia esas notas de delicado amor y de ternura, de infinita pena y de muy esquiva dicha que descubre en la más recóndita interioridad, en la hasta entonces inexpugnable hondura del alma de nuestros rudos paisanos, porque la poesía y el sentimiento son universales y comunes a los hombres y tienen su correspondencia en los más insospechados rincones del orbe. Así, el Viejo Pancho, hijo de la entrañable Galicia, ha sido, es y será siempre uno de nuestros poetas populares más queridos porque tuvo la humildad de nuestras flores silvestres y la grandeza y luminosidad de los astros para tornar célebre y universal el sentimiento del gaucho.

Retrato ecuestre del Viejo Pancho en Ribadeo

Gerardo Molina

(Fragmento de la Charla dictada por su autor en el Ateneo de Montevideo, Semana de la Cultura Canaria, setiembre de 2014)

Carlos Prevosti

Nació en Montevideo el 5 de octubre de 1896 en un hogar de origen italiano. A los 16 años ya se encuentra colaborando en la realización de escenografías en el Teatro Solís y Cibils. Comenzó sus estudios con Godofredo Sommavilla y Luis Pedro Cantú; luego ingresa al Círculo de Bellas Artes donde estudia con Vicente Puig, Carmelo de Arzadun y Guillermo Laborde.

En 1926 viaja a Alemania y Bélgica con la finalidad de estudiar programas y métodos de enseñanza de la plástica en escuelas primarias. Su viaje coincide con el de Carmelo Rivello con quien le hermanaría un parentesco estético y una postura ética incorruptible.

Concurrió a Suiza e Italia interesándose en los métodos de educación artística, prestando especial atención al funcionamiento de la Academia Brera de Milán, donde contó con el apoyo de su pariente, el artista Pietro Magnoni. Su estadía en Europa se prolongó por varios años, frecuentando los talleres de André Lothe, Fernand Léger, Le Falconniere y Bissiere. Realizó cursos en la Escuela de Artes y Oficios de París, relacionados al grabado en metal y el esmaltado. Frecuenta la Escuela Teatral Medgyes y los Talleres cinematográficos de Joinville adquiriendo conocimientos de iluminación, vestuario y puesta en escena.

Regresa a Montevideo en 1932, integrándose a la ETAP como docente de artes plás-ticas. Forma parte de la AIAPE (Agrupación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Es-critores). Trabaja como docente en escuelas de primaria y secundaria, contribuyendo significativamente con el Maestro Sabas Olaizola en la organización de la “Escuela Experimental” de Las Piedras. Su tarea docente abarca no sólo el dibujo y la pintura, también grabado, escultura, modelado, alfarería teatro de títeres, juguetes, etc. Es importante su aporte en la formación del Liceo popular de Las Piedras (1937), siendo uno de sus fundadores.

Realizó el Teatro de Títeres de la Colonia Escolar de Piriápolis. Participó en Salones, muestras colectivas en el país y en Argentina; formó su propio Taller siendo uno de los docentes de mayor prestigio de su época. Entre 1943 y 1947 fue miembro de la Comisión Nacional de Bellas Artes, luchando por hacer prevalecer una visión renovadora de las artes, por la transparencia y en contra de los desvíos éticos, ya comunes en esos años.

Fue Profesor de Dibujo en el Liceo Las Piedras, hasta su retiro por enfermedad, falleciendo el 11 de mayo de 1955.

En 2016, gracias a la comprensión de la Dirección del MNAV, el grueso de su obra y sus archivos, pasaron a dicho museo.

La importancia de su figura como artista y docente, es una deuda de nuestra crítica especializada. Es necesaria una revaloración de su obra, como planteo abierto generador de nuevas experiencias. Sería preciso evaluar cuánto aportó Prevosti de continui-dad y renovación en la historia de la pintura uruguaya, que había encontrado en “el planismo” más un modo que una forma expresiva.

Habría que evaluar también, en cuánto fracasó -no sólo Prevosti- sino todos quienes habían estado creando en estas soledades, frente al desembarco triunfante (1934), de la hibridación de neoplasticismo / primitivismo, pregonada por J. Torres García.

Una opción suponía seguir investigando y ensayando, con todos sus riesgos y otra era asumir una fórmula más o menos ingeniosa que un Maestro (sin dudas un gran pintor) había determinado como “el arte de nuestro tiempo y nuestro solar”.

      

15 de abril de 2018

Joaquín Aroztegui

Los años felices

AQUELLOS AÑOS FELICES

     Corría la segunda parte de la década de los cuarenta y la paz y la felicidad reinaba en todo nuestro país.

     Recientemente finalizada la segunda guerra mundial se avizoraba una época de prosperidad, tanto en el aspecto económico como en lo social.

     Don Manuel, el almacenero de la esquina de Gonzalo Ramírez y Pablo de María, no quiso dejar que pasara la oportunidad de hacer un dinero extra y decidió financiar la construcción de un tablado que se largara a premio en los carnavales.

     Fue entonces como los botijas del barrio vimos, con asombro, bajar de un camión una serie de tanques vacíos que apilaron en la acera contigua al almacén.

     Corrimos para verlos de cerca, pero de inmediato tuvimos que alejarnos para dar paso a otro camión que trajo tablones y maderas.

     Sabíamos que vendrían unos días en que nos divertiríamos observando y controlando a la gente que trabajaría en la construcción del tablado.

     No nos daban los ojos para mirar a los carpinteros fabricar la tarima sobre los tanques, sorteando la dificultad que presentaba la pronunciada bajada de la calle Pablo de María.

     En la tardecita, cuando se retiraban los obreros, subíamos por la escalerilla a jugar, mientras don Manuel nos advertía que tuviéramos cuidado con caernos o lastimarnos al quedar enganchados con algún clavo que pudiera haber quedado sobresaliendo. “Esperen a que terminen para subir a jugar,” expresaba el almacenero.

     El tablado se completó con una gran y multicolor figura de cartón que representaba a un dragón despidiendo fuego por su boca.

     Llegó el día de la inauguración que si hizo con la murga Los Patos Cabreros dirigida por el popular Pepino.

     Pero don Manuel no se quedó allí solamente. Quería aprovechar al máximo la gran ocasión por lo que gestionó y obtuvo la realización de un corso vecinal que pasara frente al tablado.

     El recorrido sería por la calle Pablo de María, desde Bulevar España a Gonzalo Ramírez, luego por ésta hasta Blanes y subiendo por la misma hasta Bulevar nuevamente. Serían dos manzanas las que rodearía el cortejo.

     El día señalado, los vecinos contrataron electricistas que decoraron el frente de las casas con guirnaldas de luces de colores.

     Todo fue expectación y ansiedad para nosotros, hasta que se presentaron aquellas dos figuras que encabezaban el espectáculo: Menecucho con la venta de sus versos y el que se disfrazaba como el gorila King Kong que, con su vestido confeccionado con hojas de palmera, nos asustaba tanto que corríamos a refugiarnos en el interior de nuestras casas.

     Días más tarde unas personas que se las tiraban de “vivos” en el corso de la Plaza Gomensoro, prendieron fuego a su disfraz lastimándolo seriamente. Fue el final del King Kong”.

     Seguidamente desfiló la fanfarria del cuerpo de Blandengues que cambiando su tradicional uniforme por otro de vistosos colores, tocaba temas de actualidad. A su lado y atrás, los gigantes y cabezudos hacían nuestras delicias.

     Pasaron los carros alegóricos, cerrando con el del Chaná, siempre fuera de concurso, que esa vez presentaba un barco con motivos chinos y tenía un gran gong en la popa.

     Luego repicaban los tambores de las comparsas de negros y de lubolos, es decir blancos con la cara pintada de negro, entre las que estaban Añoranzas Negras y los famosos Esclavos de Nyanza y finalmente, las murgas Los Patos Cabreros, Asaltantes con Patente de Cachela y los Saltimbanquis.

     Después de dar tres vueltas a su recorrido se retiraron dejando que los vecinos se lanzaran a la calle haciendo una guerra con papelitos y serpentinas, además de apuntar a los ojos con los lanza perfumes “bolero”. Nuestros padres nos proporcionaban la protección de una especie de lentes para evitar la irritación.

     Todo era algarabía y hasta el adusto padre del gordo Luis, el ingeniero Giannasttasio dejaba su habitual postura para mezclarse a jugar con nosotros.

     Ahora todo cambió. El barrio es otro. No hay más tablados ni lanza perfumes Los botijas del barrio tenemos ya ochenta años de edad y apenas quedamos dos, que a veces nos comunicamos telefónicamente para recordar con nostalgia aquellos años felices de nuestra niñez.

ENRIQUE DEMATTEIS