Juan boliche

Parecía la letra de un tango, pero ese era el nombre que le había quedado. Siendo todavía un niño, era el encargado de abrir el comercio que tenía su padre. Estaba a la entrada del pueblo y era un poco de todo: cantina por las noches, almacén  durante el día y si caía algún forastero, era un comedor al paso.

-¿Adónde vas Juan, tan temprano?- le preguntaba algún madrugador.

-A abrir el boliche- respondía invariablemente.

-Ahí va Juan, al boliche- comentaba alguien.

Y el apodo fue naciendo casi naturalmente, como si le estuviera destinado.

Y así, veranos e inviernos, Juan recorría las ocho cuadras desde su casa al “boliche”. Abría el comercio, barría la vereda, llena de puchos y recogía alguna botella tirada por ahí. Cuando llegaba su padre, que se había retirado tarde en la noche, él ya había atendido a los primeros clientes del día.  El viejo se hacía cargo de todo y el volvía a su casa para ayudar a su madre e ir a la escuela.

-Algún día el boliche será tuyo, Juan- le decía su padre acariciándole la cabeza-. Por ahora atendés el almacén pero más adelante te harás cargo de todo.

Él no respondía pero en su fuero interno detestaba el “boliche”. Él quería estudiar, ser veterinario como don Luis, el padre de su amigo.

Sin embargo, las palabras de su viejo, parecieron ser un vaticinio, un vaticinio no deseado. Ocurrió una noche en que dos borrachos se trenzaron en el bar y el “viejo”, siempre conciliador, trató de aplacar la pelea. Se metió entre los dos y recibió un fatal  puntazo que no iba destinado a él.

Con apenas catorce años, asumió su responsabilidad: se hizo cargo del boliche. Su madre atendía el almacén y él, por la noche,  la cantina. Adiós estudios, adiós sueños, adiós momentos de solaz y alegría. La vida le había impuesto una carga que no pensaba esquivar. Al principio pensó que podrían vivir atendiendo sólo la parte de almacén, pero la ganancia mayor venía por las noches. Sus dos hermanas eran pequeñas y él era ahora “el hombre de la familia” como todos le decían.

Y como un hombre asumió y se resignó a su papel. Veranos e inviernos, cuando llegaba la hora,  allá iba a abrir el “boliche”, que no abandonaba hasta que se iba el último cliente por las noches.

El pueblo y el tiempo lo atraparon. Se encargaron de borrar uno a uno  los sueños de su juventud. Un día cualquiera, casi sin darse cuenta, conoció a Rosa,  una linda muchacha que le alegró la vida y le regaló un hijo.

-Otro Juan -dijo ella cuando nació y tuvo al niño por primera vez en sus brazos.

-No -le respondió él, corrigiéndola con dulzura-. Se llamará Luis y será veterinario.

Elsa Ricci

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