La Madre

La vida se desliza, subrepticiamente, entre lo permanente y lo efímero, aunque es muy difícil verlo.

 

Plácido amaba a su madre, pero había algo en ese amor que lo desbor­daba, y que él no podía explicar. Era buena con él, lo amaba, lo cuidaba, se preocupaba por sus necesidades, pero… en esa adolescencia tormentosa, en ese tránsito de la niñez a la madurez, había muchas cosas que cuestionaba y se cuestionaba y muchas veces las respuestas no llegaban a su mente o las que llegaban no le conformaban.

Su madre, era su madre; no cabía duda, pero en su relación con ella había algo más que él no podía entender.

Un día se realizó una gran boda en el pueblo. Grande por la cantidad de gente invitada, grande por la importancia política y social de los que se casa­ban, grande por los gastos y el boato con que todo se realizaba.

Plácido, como la mayoría de sus amigos y conocidos, no estaba invitado a la fiesta, pero la curiosidad lo llevó a la ceremonia religiosa y allí, en la entrada de la iglesia, entre cientos de personas que se apretujaban para no perder nin­gún detalle, pudo entrever la llegada de la novia, disfrutar de los acordes de la marcha nupcial y escuchar los comentarios de sus vecinos y amigos.

Comenzó la ceremonia y todos hicieron silencio. Cuando la soprano lle­gada desde la capital comenzó a entonar el Ave María de Schubert, la sangre se paralizó en el cuerpo de Plácido, nunca había escuchado o sentido algo igual. Esa voz y ese canto, no pertenecían a la Tierra, el cielo los había enviado para hechizarlo, para mostrarle que no todo se ajusta a los aspectos materiales, que existe, por más que se niegue, otro mundo, el mundo de la fe, los sentimientos, las verdades inmutables y la justicia divina.

La música no entraba solo por sus oídos, se infiltraba por todos sus poros, erizaba su piel… No había duda, la voz de la soprano que entonaba el Ave Ma­ría, era un canto celestial, único, irrepetible, algo que nunca sus oídos habían escuchado hasta ese momento.

Una lágrima corrió por su mejilla y durante ese breve descenso, abrió un mundo que permanecía cerrado. De un solo golpe obtuvo las respuestas que se le negaban, comprendió lo hasta ahora incomprensible: una madre es algo más que la madre de su hijo, es una pieza irremplazable en la cadena de vida que sustenta la humanidad. Y no por la parte física de parir y cuidar a sus hijos, sino por la inefable ternura con que los recibe y los trata durante toda su vida.

Entonces comprendió que el papel de madre enaltece a las mujeres de todo el mundo, desde la más encumbrada a la más humilde.

En su mente se desarrollaba un desfile de imágenes, encabezado por su madre, pero la seguían multitud de multitudes, una marea humana que conte­nía a todas las madres del mundo. Y las seguían sus hijos, algunos sonrientes, triunfadores, contentos con la vida que llevaban, otros, desesperados, mendi­gos, hambrientos, destruidos por la droga, engendros de miseria y de dolor cuyas madres cubrían con sus mantos de protección y amor sin importarles sus acciones. Las madres eran solícitas, escuchaban a los suplicantes, calmaban a los desesperados, animaban a los resignados, motivaban a los desesperan­zados. Pero además de esa tierna actitud, en su fuero interno eran rocas que con su fortaleza sustentaban el hogar, sin quejas ni reproches realizaban las tareas más humildes y rutinarias para mantener la paz y el amor necesarios en toda familia.

El mar, el cielo, la montaña son bellezas con las que nos regala la naturale­za, pero no se pueden comparar con la belleza de una madre enamorada de sus hijos. Dichosos sean los momentos en que se vive bajo la protección de su amor, dichosos los momentos en que se recibe una caricia. El templo del alma nunca puede ser mancillado, no importan las afrentas, agresiones o insultos del mun­do, una madre seguirá impasible cumpliendo su función, porque la grandeza de su alma está por encima de las bajezas de la vida cotidiana y permanece inmune, intacta, ante esos embates.

Madre, pensó, recién veo que no eres solo mía, eres una enviada del Señor, una delicada pieza de su artesanía para encauzar la marcha de la humanidad.

Carlos Motta Niz

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