Conviviendo con los indios

Nicolás Almagro era un hombre dedicado a la investigación histórica.

Se había licenciado en dicha materia en la Facultad de Humanidades de Montevideo y posteriormente cursó un doctorado en España.

Mientras estudiaba en el país europeo, aprovechó para efectuar una serie de investigaciones en el Archivo de Indias, principalmente en todo lo referido al descubrimiento del Rio de la Plata.

Fue entonces cuando cayó en sus manos un escrito de Martín del Barco Centenera, que no fue tomado en cuenta por su autor en las publicaciones que realizó en su momento.

Centenera expresaba allí, que hacia finales del año 1573, vino al Río de la Plata integrando la flota del Adelantado Juan Ortiz de Zárate, como capellán de la misma.

Desembarcaron en la orilla oriental del río y se encontraron allí con unos indios de la tribu Charrúa, comandados por el cacique Zapicán. Con ellos estaba un hombre blanco, que dijo ser Fernando del Castillo marinero de la expedición de Sebastián Gaboto.

Agregó que por aquél entonces era un grumete de 13 años de edad. En una de las batallas un joven indio que luchaba contra ellos resbaló y cayó al suelo desarmado. Uno de sus compañeros lo iba a rematar cuando él, sin saber por qué, interpuso su cuerpo resultando herido.

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Sus compañeros lo dieron por muerto y como tomaron su acción como una traición, no se preocuparon en rescatar su cuerpo. Lo abandonaron y continuaron su marcha.

Él fue recogido por el joven guerrero que había salvado de una segura muerte. Éste lo transportó hasta las tolderías donde quedó al cuidado de las mujeres. Más adelante supo que se trataba de Zapicán

Una joven india de nombre Aviará, cuidó de él todo el tiempo hasta que sanó.

Se enamoró de su enfermera y fue correspondido por ella. Formaron pareja y tuvieron numerosa prole.

Centenera expresa que se trataba de un hombre de mediana edad y tez curtida por el sol, que se había adaptado bien a las costumbres indígenas. Además de oficiar de intérprete, les aportó un gran conocimiento sobre los charrúas.

Les expresó que no pensaba regresar a España. Tenía cerca de cuarenta años conviviendo con los indios y se sentía muy a gusto con su familia, más ahora que su gran amigo Zapicán era el jefe.

Hasta aquí el relato de Centenera, pero el historiador, atraído por lo que en él se narraba, resolvió indagar más en la vida del prelado.

Supo entonces que tres años más tarde de estos hechos, falleció Ortiz de Zárate. Como Centenera no se llevaba muy bien con quién lo sucedió en el cargo, pasó a ejercer en la diócesis de Chuquisaca.

También allí tuvo problemas. Fue acusado de sobrepasarse en sus funciones y multado, por lo que luego de pasar un tiempo en Asunción, volvió al continente europeo.

Se radicó en Portugal donde publicó su poema titulado La Argentina, muriendo poco después.

El relato confirmó a Nicolás que no era cierta la afirmación de que el descubridor del Rio de la Plata Juan Díaz de Solís había sido muerto por los Charrúas y devorado a la vista de los marineros del barco.

La convivencia con los indios de Fernando del Castillo, integrado como uno más de la tribu, demostraban que los Charrúas no eran antropófagos

De las investigaciones efectuadas hasta el presente se puede afirmar que los Charrúas no practicaban el canibalismo ni siquiera en sus rituales o ceremonias.

Se sabe que sus mujeres se amputaban las falanges de sus dedos en señal de duelo y que los hombres se traspasaban la piel con espinas de pescado por el mismo motivo.

Por lo tanto, o los compañeros de Solís habían mentido, o no eran Charrúas los que lo mataron.

Tampoco se conocieron costumbres caníbales entre las otras tribus que habitaban el lugar, por lo que el historiador se afirmó más en su suposición de que los marineros supervivientes de Solís falsearon los hechos, tal vez para justificar el no haber acudido en su ayuda.

En este caso la muerte del descubridor se transformó para Almagro en un misterio que estaba dispuesto a continuar investigando para intentar resolverlo.

 

ENRIQUE DEMATTEIS

Nota: El protagonista de este relato es un personaje ficticio. Está basado en un hecho real donde un marinero de la flota de Solís permaneció conviviendo con los charrúas hasta el arribo de Gaboto.

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