Los años felices

AQUELLOS AÑOS FELICES

     Corría la segunda parte de la década de los cuarenta y la paz y la felicidad reinaba en todo nuestro país.

     Recientemente finalizada la segunda guerra mundial se avizoraba una época de prosperidad, tanto en el aspecto económico como en lo social.

     Don Manuel, el almacenero de la esquina de Gonzalo Ramírez y Pablo de María, no quiso dejar que pasara la oportunidad de hacer un dinero extra y decidió financiar la construcción de un tablado que se largara a premio en los carnavales.

     Fue entonces como los botijas del barrio vimos, con asombro, bajar de un camión una serie de tanques vacíos que apilaron en la acera contigua al almacén.

     Corrimos para verlos de cerca, pero de inmediato tuvimos que alejarnos para dar paso a otro camión que trajo tablones y maderas.

     Sabíamos que vendrían unos días en que nos divertiríamos observando y controlando a la gente que trabajaría en la construcción del tablado.

     No nos daban los ojos para mirar a los carpinteros fabricar la tarima sobre los tanques, sorteando la dificultad que presentaba la pronunciada bajada de la calle Pablo de María.

     En la tardecita, cuando se retiraban los obreros, subíamos por la escalerilla a jugar, mientras don Manuel nos advertía que tuviéramos cuidado con caernos o lastimarnos al quedar enganchados con algún clavo que pudiera haber quedado sobresaliendo. “Esperen a que terminen para subir a jugar,” expresaba el almacenero.

     El tablado se completó con una gran y multicolor figura de cartón que representaba a un dragón despidiendo fuego por su boca.

     Llegó el día de la inauguración que si hizo con la murga Los Patos Cabreros dirigida por el popular Pepino.

     Pero don Manuel no se quedó allí solamente. Quería aprovechar al máximo la gran ocasión por lo que gestionó y obtuvo la realización de un corso vecinal que pasara frente al tablado.

     El recorrido sería por la calle Pablo de María, desde Bulevar España a Gonzalo Ramírez, luego por ésta hasta Blanes y subiendo por la misma hasta Bulevar nuevamente. Serían dos manzanas las que rodearía el cortejo.

     El día señalado, los vecinos contrataron electricistas que decoraron el frente de las casas con guirnaldas de luces de colores.

     Todo fue expectación y ansiedad para nosotros, hasta que se presentaron aquellas dos figuras que encabezaban el espectáculo: Menecucho con la venta de sus versos y el que se disfrazaba como el gorila King Kong que, con su vestido confeccionado con hojas de palmera, nos asustaba tanto que corríamos a refugiarnos en el interior de nuestras casas.

     Días más tarde unas personas que se las tiraban de “vivos” en el corso de la Plaza Gomensoro, prendieron fuego a su disfraz lastimándolo seriamente. Fue el final del King Kong”.

     Seguidamente desfiló la fanfarria del cuerpo de Blandengues que cambiando su tradicional uniforme por otro de vistosos colores, tocaba temas de actualidad. A su lado y atrás, los gigantes y cabezudos hacían nuestras delicias.

     Pasaron los carros alegóricos, cerrando con el del Chaná, siempre fuera de concurso, que esa vez presentaba un barco con motivos chinos y tenía un gran gong en la popa.

     Luego repicaban los tambores de las comparsas de negros y de lubolos, es decir blancos con la cara pintada de negro, entre las que estaban Añoranzas Negras y los famosos Esclavos de Nyanza y finalmente, las murgas Los Patos Cabreros, Asaltantes con Patente de Cachela y los Saltimbanquis.

     Después de dar tres vueltas a su recorrido se retiraron dejando que los vecinos se lanzaran a la calle haciendo una guerra con papelitos y serpentinas, además de apuntar a los ojos con los lanza perfumes “bolero”. Nuestros padres nos proporcionaban la protección de una especie de lentes para evitar la irritación.

     Todo era algarabía y hasta el adusto padre del gordo Luis, el ingeniero Giannasttasio dejaba su habitual postura para mezclarse a jugar con nosotros.

     Ahora todo cambió. El barrio es otro. No hay más tablados ni lanza perfumes Los botijas del barrio tenemos ya ochenta años de edad y apenas quedamos dos, que a veces nos comunicamos telefónicamente para recordar con nostalgia aquellos años felices de nuestra niñez.

ENRIQUE DEMATTEIS

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