{"id":107,"date":"2016-07-02T08:52:35","date_gmt":"2016-07-02T11:52:35","guid":{"rendered":"http:\/\/ateneodemontevideo.uy\/site\/?p=107"},"modified":"2016-07-02T08:52:35","modified_gmt":"2016-07-02T11:52:35","slug":"el-combate-de-la-tapera","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/ateneodemontevideo.uy\/site\/?p=107","title":{"rendered":"El combate de la tapera"},"content":{"rendered":"<p>El combate de la Tapera de Eduardo Acevedo es un espl\u00e9ndido cuadro \u00e9pico. Es realmente admirable c\u00f3mo el autor logra trasmitir un intenso sentimiento nacional pero dejando actuar solos a los actores del drama. En esta peque\u00f1a obra maestra, triunfa plenamente la objetividad narrativa. El autor no se permite ni siquiera un m\u00ednimo comentario. Tampoco el an\u00e1lisis o sondeo sicol\u00f3gico. Todo est\u00e1 dado desde afuera, por lo descriptivo y narrativo puros. Pero desde esa exterioridad se llega a la interioridad de los personajes. Estos, \u00e1speros y brav\u00edos, primitivos, pero por primitivos puros, adquieren impresionante dimensi\u00f3n heroica. Parece innecesario subrayar, porque golpea tras la m\u00e1s somera lectura, que todo el relato es una maravilla visual y sensorial.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone wp-image-108 size-full\" src=\"http:\/\/ateneodemontevideo.uy\/site\/wp-content\/uploads\/2016\/07\/tapera.jpg\" alt=\"tapera\" width=\"720\" height=\"396\" srcset=\"http:\/\/ateneodemontevideo.uy\/site\/wp-content\/uploads\/2016\/07\/tapera.jpg 720w, http:\/\/ateneodemontevideo.uy\/site\/wp-content\/uploads\/2016\/07\/tapera-300x165.jpg 300w, http:\/\/ateneodemontevideo.uy\/site\/wp-content\/uploads\/2016\/07\/tapera-400x220.jpg 400w\" sizes=\"(max-width: 720px) 100vw, 720px\" \/><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Era despu\u00e9s del desastre del Catal\u00e1n, m\u00e1s de setenta a\u00f1os hace.<br \/>\nUn tenue resplandor en el horizonte quedaba apenas de la luz del d\u00eda.<br \/>\nLa marcha hab\u00eda sido dura, sin descanso.<br \/>\nPor las narices de los caballos sudorosos escapaban haces de vapores, y se hund\u00edan y dilataban alternativamente sus ijares como si fuera poco todo el aire para calmar el ansia de los pulmones.<br \/>\nAlgunos de estos generosos brutos presentaban heridas anchas en los cuellos y pechos, que eran desgarraduras hechas por la lanza o el sable.<br \/>\nEn los colgajos de piel hab\u00eda salpicado el lodo de los arroyos y pantanos, estancando la sangre.<br \/>\nParec\u00edan jamelgos de lidia, embestidos y maltratados por los toros. Dos o tres cargaban con un hombre a grupas, adem\u00e1s de los jinetes, ense\u00f1ando en los cuartos uno que otro surco rojizo, especie de l\u00edneas trazadas por un l\u00e1tigo de acero, que eran huellas recientes de las balas recibidas en la fuga.<br \/>\nOtros tantos, parec\u00edan ya desplomarse bajo el peso de su carga, e \u00edbanse quedando a retaguardia con las cabezas gachas, insensibles a la espuela.<br \/>\nViendo esto el sargento Sanabria grit\u00f3 con voz pujante:<br \/>\n-\u00a1Alto!<br \/>\nEl destacamento se par\u00f3.<br \/>\nSe compon\u00eda de quince hombres y dos mujeres; hombres fornidos, cabelludos, taciturnos y brav\u00edos; mujeres-dragones de vincha, sable corvo y pie desnudo.<br \/>\nDos grandes mastines con las colas barrosas y las lenguas colgantes, hipaban bajo el vientre de los caballos, puestos los ojos en el paisaje oscuro y siniestro del fondo de donde ven\u00edan, cual si sintiesen todav\u00eda el calor de la p\u00f3lvora y el clamoreo de guerra.<br \/>\nAll\u00ed cerca, al frente, percib\u00edase una \u00abtapera\u00bb entre las sombras. Dos paredes de barro batido sobre \u00abtacuaras\u00bb horizontales, agujereadas y en parte derruidas; las testeras, como el techo, hab\u00edan desaparecido.<br \/>\nPor lo dem\u00e1s, varios montones de escombros sobre los cuales crec\u00edan viciosas las hierbas; y a los costados, formando un cuadro incompleto, zanjas semicegadas, de cuyo fondo surg\u00edan sa\u00facos y cicutas en flexibles bastones ornados de racimos negros y flores blancas.<br \/>\n-A formar en la tapera -dijo el sargento con adem\u00e1n de imperio-. Los caballos a retaguardia con las mujeres, a que pellizquen. .. \u00a1Cabo Mauricio! haga echar cinco tiradores vientre a tierra, atr\u00e1s del cicuta!&#8230; Los otros adentro de la tapera, a cargar tercerolas y trabucos. \u00a1Pie a tierra dragones, y listo, canejo!<br \/>\nLa voz del sargento resonaba bronca y en\u00e9rgica en la soledad del sitio.<br \/>\nNinguno replic\u00f3.<br \/>\nTodos traspusieron la zanja y desmontaron, reuni\u00e9ndose poco a poco.<br \/>\nLas \u00f3rdenes se cumplieron. Los caballos fueron maneados detr\u00e1s de una de las paredes de lodo seco, y junto a ellos se echaron los mastines resollantes. Los tiradores se arrojaron al suelo a espaldas de la hondonada cubierta de malezas, mordiendo el cartucho; el resto de la extra\u00f1a tropa distribuyose en el interior de las ruinas que ofrec\u00edan buen n\u00famero de troneras por donde asestar las armas de fuego; y las mujeres, en vez de hacer compa\u00f1\u00eda a las transidas cabalgaduras, pusi\u00e9ronse a desatar les sacos de munici\u00f3n o pa\u00f1uelos llenos de cartuchos deshechos, que los dragones llevaban atados a la cintura en defecto de cananas.<br \/>\nEmpezaban afanosas a rehacerlos, en cuclillas, apoyadas en las piernas de los hombres, cuando ca\u00eda ya la noche.<br \/>\n-Naide pite -dijo el sargento-. Carguen con poco ruido de baqueta y reserven los naranjeros hasta que yo ordene&#8230; Cabo Mauricio! vea que esos mandrias no se duerman si no quieren que les chamusque las cerdas&#8230; \u00a1Mucho ojo y la oreja parada!<br \/>\n-Descuide, sargento -contest\u00f3 el cabo con gran ronquera-; no hace falta la advertencia, que aqu\u00ed hay m\u00e1s coraz\u00f3n que garganta de sapo.<br \/>\nTranscurrieron breves instantes de silencio.<br \/>\nUno de los dragones, que ten\u00eda el o\u00eddo en el suelo, levant\u00f3 la cabeza y .murmur\u00f3 bajo:<br \/>\n-Se me hace tropel. . . Ha de ser caballer\u00eda que avanza.<br \/>\nUn rumor sordo de muchos cascos sobre la alfombra de hierbas cortas, empezaba en realidad a percibirse distintamente.<br \/>\n-Armen cazoleta y aguaiten, que ah\u00ed vienen los portugos. \u00a1Va el pellejo, barajo! Y es preciso ganar tiempo a que resuellen los mancarrones. Ciriaca, \u00bfte queda ca\u00f1a en la mimosa?<br \/>\n-Est\u00e1 a mitad -respondi\u00f3 la aludida, que era una criolla maciza vestida a lo hombre, con las gre\u00f1as recogidas hacia arriba y ocultas bajo un chambergo incoloro de barboquejo de lonja sobada-. Mir\u00e1, g\u00fceno es darles un trago a los hombres..<br \/>\n-Dales chinaza a los de avanzada, sin pijotearles.<br \/>\nCiriaca se encamin\u00f3 a los saltos, evitando las \u00abrosetas\u00bb, agach\u00f3se y fue pasando e1 \u00abchifle\u00bb de boca en boca.<br \/>\nMientras esto hacia, el drag\u00f3n de un flanco le acariciaba las piernas y el otro le hac\u00eda cosquillas en el seno, cuando ya no era que le pellizcaba alguna forma m\u00e1s m\u00f3rbida, diciendo: \u00ab\u00a1luna llena!\u00bb.<br \/>\n-\u00a1Te ha de alumbrar muerto, zafao! -contestaba ella riendo al uno; y al otro: -\u00a1larg\u00e1 lo ajeno, indino!- y al de m\u00e1s all\u00e1: -\u00a1a ver si afloj\u00e1s el chisme, mam\u00f3n!<br \/>\nY repart\u00eda cachetes.<br \/>\n-\u00a1Poca vara alta quiero yo! -grit\u00f3 el sargento con acento estent\u00f3reo-. Estamos para clavar el pico, y andan a los requiebros, golosos. \u00a1Apart\u00e1te Ciriaca, que aurita no mas chiflan las redondas!<br \/>\nEn ese momento acrecentose el rumor sordo, y son\u00f3 una descarga entre vocer\u00edos salvajes.<br \/>\nEl pelot\u00f3n contest\u00f3 con br\u00edo.<br \/>\nLa tapera qued\u00f3 envuelta en una densa humareda sembrada de tacos ardiendo; atm\u00f3sfera que se disip\u00f3 bien pronto para volverse a formar entre nuevos fogonazos y broncos clamoreos.<br \/>\nII<\/p>\n<p>En los intervalos de las descargas y disparos, o\u00edase el furioso ladrido de los mastines haciendo coro a los ternos y crudos juramentos.<br \/>\nUn semic\u00edrculo de fogonazos indicaba bien a las claras que el enemigo hab\u00eda avanzado en forma de media luna para dominar la tapera con su fuego graneado.<br \/>\nEn medio de aquel tiroteo, Ciriaca se lanz\u00f3 fuera con un atado de cartuchos en busca de Mauricio.<br \/>\nCruz\u00f3 el corto espacio que separaba a \u00e9ste de la tapera, en cuatro manos, entre silbidos siniestros.<br \/>\nLos tiradores se revolv\u00edan en los pastos como culebras, en constante ejercicio de baquetas.<br \/>\nUno estaba inm\u00f3vil, boca abajo.<br \/>\nLa china le tir\u00f3 de la melena, y notola inundada de un l\u00edquido caliente.<br \/>\n-\u00a1M\u00edr\u00e1! -exclam\u00f3-, le ha dao en el testuz.<br \/>\n-Ya no traga saliva -a\u00f1adi\u00f3 el cabo-. \u00bfTrujiste p\u00f3lvora?<br \/>\n-Aqu\u00ed hay y balas para hacer tragar a los portugos. L\u00e1stima que estea oscuro&#8230; \u00a1C\u00f3mo tiran esos mandrias!<br \/>\nMauricio descarg\u00f3 su carabina.<br \/>\nMientras extra\u00eda otro cartucho del saquillo dijo mordi\u00e9ndolo:<br \/>\n-Antes que \u00e9ste, ya quisieran ellos otro calor. \u00a1Ah, si te agarran, Ciriaca! A la fija que te castigan como a Fermina.<br \/>\n-\u00a1Que vengan por carne! -barbot\u00f3 la china.<br \/>\nY esto diciendo, ech\u00f3 mano a la tercerola del muerto, que se puso a baquetear con gran destreza.<br \/>\n-\u00a1Fuego! -rug\u00eda la voz del sargento-. Al que afloje lo deg\u00fcello con el mellao.<\/p>\n<p>III<\/p>\n<p>Las balas que penetraban en la tapera, hab\u00edan dado ya en tierra con tres hombres. Algunas, perforando el d\u00e9bil muro de lodo, hirieron y derribaron varios de los transidos matalotes.<br \/>\nLa segunda de las criollas, compa\u00f1era de Sanabria, de nombre Catalina, cuando m\u00e1s recio era el fuego que sal\u00eda del interior por las troneras improvisadas, escurri\u00f3se a manera de tigra por el cicutal, empu\u00f1ando la carabina de uno de los muertos.<br \/>\nEra Cata -como la llamaban- una mujer fornida y hermosa, color de cobre, ojos muy negros velados por espesas pesta\u00f1as, labios hinchados y rojos, abundosa cabellera, cuerpo de un vigor extraordinario, entra\u00f1a dura y acci\u00f3n sobria y r\u00e1pida. Vest\u00eda blusa y chirip\u00e1 y llevaba el sable a la bandolera.<br \/>\nLa noche estaba muy oscura, llena de nubes tempestuosas; pero los rojos culebrones de las alturas o grandes \u00abrefucilos\u00bb en lenguaje campesino, alcanzaban a iluminar el radio que el fuego de las descargas dejaba en las tinieblas.<br \/>\nAl fulgor del relampagueo, Cata pudo observar que la tropa enemiga hab\u00eda echado pie a tierra y que los soldados hac\u00edan sus disparos de \u00abmampuesta\u00bb sobre el lomo de los caballos, no dejando m\u00e1s blanco que sus cabezas.<br \/>\nAlgunos cuerpos yac\u00edan tendidos aqu\u00ed y all\u00e1. Un caballo moribundo con los cascos para arriba se agitaba en convulsiones sobre su jinete muerto.<br \/>\nDe vez en cuando un trompa de \u00f3rdenes lanzaba sones precipitados de atenci\u00f3n y toques de guerrilla, ora cerca, ya lejos, seg\u00fan la posici\u00f3n que ocupara su jefe.<br \/>\nUna de esas veces, la corneta reson\u00f3 muy pr\u00f3xima.<br \/>\nA Cata le pareci\u00f3 por el eco que el resuello del trompa no era mucho, y que ten\u00eda miedo.<br \/>\nUn rel\u00e1mpago vivisimo ba\u00f1\u00f3 en ese instante el matorral y la loma, y permitiole ver a pocos metros al jefe del destacamento portugu\u00e9s que dirig\u00eda en persona un despliegue sobre el flanco, montado en un caballo tordillo.<br \/>\nCata, que estaba encogida entre los sa\u00facos, lo reconoci\u00f3 al momento.<br \/>\nEra el mismo; el capit\u00e1n Heitor, con su morri\u00f3n de penacho azul, su casaquilla de alamares, botas largas de cuero de lobo, cartera negra y pistoleras de piel de gato.<br \/>\nAlto, membrudo, con el sable corvo en la diestra, sobresal\u00eda con exceso de la montura, y hacia caracolear su tordillo de un lado a otro, empujando con los encuentros a los soldados para hacerlos entrar en fila.<br \/>\nParec\u00eda iracundo, hostigaba con el sable y prorrump\u00eda en denuestos. Sus hombres, sin largar los cabestros y sufriendo los arranques y sacudidas de los reyunos alborotados, redoblaban el esfuerzo, unos rodilla en tierra, otros escud\u00e1ndose en las cabalgaduras.<br \/>\nChispeaba el pedernal en las cazoletas en toda la l\u00ednea, y no pocas balas ca\u00edan sin fuerza a corta distancia, junto al taco ardiendo.<br \/>\nUna de ellas dio en la cabeza de Cata, sin herirla, pero derrib\u00e1ndola de costado.<br \/>\nEn esa posici\u00f3n, sin lanzar un grito, empez\u00f3 a arrastrarse en medio de las malezas hacia lo intrincado del matorral, sobre el que apoyaba su ala Heitor.<br \/>\nUna hondonada cubierta de bre\u00f1as favorec\u00eda sus movimientos.<br \/>\nEn su avance de felino, Cata lleg\u00f3 a colocarse a retaguardia de la tropa, casi encima de su jefe.<br \/>\nO\u00eda distintamente las voces de mando, los lamentos de los heridos, y las frases col\u00e9ricas de los soldados, proferidas ante una resistencia inesperada, tan firme como briosa.<br \/>\nVe\u00eda ella en el fondo de las tinieblas la mancha m\u00e1s oscura a\u00fan que formaba la tapera, de la que surg\u00edan chisporroteos continuos y l\u00fagubres silbidos que se prolongaban en el espacio, pasando con el plomo mort\u00edfero por encima del matorral; a la vez que percib\u00eda a su alcance la masa de asaltantes al resplandor de sus propios fogonazos, movi\u00e9ndose en orden, avanzando o retrocediendo, seg\u00fan las voces imperativas.<\/p>\n<p>IV<\/p>\n<p>De la tapera segu\u00edan saliendo chorros de fuego entre una humareda espesa que impregnaba el aire de fuerte olor a p\u00f3lvora.<br \/>\nEn el drama del combate nocturno, con sus episodios y detalles heroicos, como en las tragedias antiguas, hab\u00eda un coro extra\u00f1o, lleno de ecos profundos, de esos que solo parten de la entra\u00f1a herida. Al un\u00edsono con los estampidos, o\u00edanse gritos de muerte, alaridos de hombre y de mujer unidos por la misma c\u00f3lera, sordas ronqueras de caballos espantados, furioso ladrar de perros; y cuando la radiaci\u00f3n el\u00e9ctrica esparc\u00eda su intensa claridad sobre el cuadro, ti\u00f1\u00e9ndolo de un vivo color amarillento, mostraba al ojo del atacante, en medio del nutrido boscaje, dos picachos negros de los que brotaba el plomo, y deformes bultos que se agitaban sin cesar como en una lucha cuerpo a cuerpo. Los rel\u00e1mpagos sin serie de retumbos, a manera de gigantescas cabelleras de fuego desplegando sus hebras en el espacio l\u00f3brego, contrastaban por el silencio con las rojizas bocanadas de las armas seguidas de recias detonaciones. El trueno no acompa\u00f1aba al coro, ni el rayo como ira del cielo la c\u00f3lera de los hombres. En cambio, algunas gruesas gotas de lluvia caliente golpeaban a intervalos en los rostros sudorosos sin atenuar por eso la fiebre de la pelea.<br \/>\nEl continuo choque de proyectiles hab\u00eda concluido por desmoronar uno de los tabiques de barro seco, ya d\u00e9bil y vacilante a causa de los ludimientos de hombres y de bestias, abriendo ancha brecha por la que entraban las balas en fuego oblicuo.<br \/>\nLa peque\u00f1a fuerza no ten\u00eda m\u00e1s que seis soldados en condiciones de pelea. Los dem\u00e1s hab\u00edan ca\u00eddo uno en pos del otro, o rodado heridos en la zanja del fondo, sin fuerzas ya para el manejo del arma.<br \/>\nPocos cartuchos quedaban en los saquillos.<br \/>\nEl sargento Sanabria empu\u00f1ando un trabuco, mand\u00f3 cesar el fuego, ordenando a sus hombres que se echaran de vientre para aprovechar sus \u00faltimos tiros cuando el enemigo avanzase.<br \/>\n-Ansi que se quemen \u00e9sos -a\u00f1adi\u00f3- monte a caballo el que pueda, y a rumbear por el lao de la cuchilla &#8230; Pero antes, naide se mueva si no quiere encontrarse con la boca de mi trabuco&#8230; \u00bfY qu\u00e9 se han hecho las mujeres? No veo a Cata&#8230;<br \/>\n-Aqu\u00ed hay una -contest\u00f3 una voz enronquecida-. Tiene rompida la cabeza, y ya se ha puesto medio dura&#8230;<br \/>\n-Ha de ser Ciriaca.<br \/>\n-Por lo motosa es la mesma, a la fija.<br \/>\n-\u00a1C\u00e1llense! -dijo el sargento.<br \/>\nEl enemigo hab\u00eda apagado tambi\u00e9n sus fuegos, suponiendo una fuga, y avanzaba hacia la \u00abtapera\u00bb.<br \/>\nSent\u00edase muy cercano ruido de caballos, choque de sables y crujido de cazoletas.<br \/>\n-No vienen de a pie -dijo Sanabria- \u00a1Menudeen bala!<br \/>\nVolvieron a estallar las descargas.<br \/>\nPero, los que avanzaban eran muchos, y la resistencia no pod\u00eda prolongarse.<br \/>\nEra necesario morir o buscar la salvaci\u00f3n en las sombras y en la fuga.<br \/>\nEl sargento Sanabria descarg\u00f3 con un bramido su trabuco.<br \/>\nMultitud de balas silbaron al frente; las carabinas portuguesas asomaron casi encima de la zanja sus bocas a manera de colosales tucos, y una humaza densa circund\u00f3 la \u00abtapera\u00bb cubierta de tacos inflamados.<br \/>\nDe pronto, las descargas cesaron.<br \/>\nAl recio tiroteo se sigui\u00f3 un movimiento confuso en la tropa asaltante, choques, voces, tumultos, chasquidos de l\u00e1tigos en las tinieblas, cual si un p\u00e1nico repentino la hubiese acometido; y tras esa confusi\u00f3n pavorosa algunos tiros de pistola y fren\u00e9ticas carreras, como de quienes se lanzan a escape acosados por el v\u00e9rtigo.<br \/>\nDespu\u00e9s un silencio profundo.<br \/>\nSolo el rumor cada vez m\u00e1s lejano de la fuga, se alcanzaba a percibir en aquellos lugares desiertos, y minutos antes animados por el estruendo. Y hombres y caballer\u00edas, parec\u00edan arrastrados por una tromba invisible que los estrujara con cien rechinamientos entre sus poderosos anillos.<br \/>\nV<\/p>\n<p>Asomaba una aurora gris-cenicienta, pues el sol era impotente para romper la densa valla de nubes tormentosas, cuando una mujer sal\u00eda arrastr\u00e1ndose sobre manos y rodillas del matorral vecino; y ya en su borde, que trep\u00f3 con esfuerzo, se deten\u00eda sin duda a cobrar alientos, arrojando una mirada escudri\u00f1adora por aquellos sitios desolados.<br \/>\nJinetes y cabalgaduras entre charcos de sangre, tercerolas, sables y morriones ca\u00eddos ac\u00e1 y acull\u00e1, tacos todav\u00eda humeantes, lanzones mal encajados en el suelo blando de la hondonada con sus banderolas hechas flecos, algunos heridos revolvi\u00e9ndose en las hierbas, l\u00edvidos, exang\u00fces, sin alientos para alzar la voz; tal era el cuadro en el campo que ocup\u00f3 el enemigo.<br \/>\nEl capit\u00e1n Heitor, yac\u00eda boca abajo junto a un abrojal ramoso.<br \/>\nUna bala certera disparada por Cata lo hab\u00eda derribado de los lomos en mitad del asalto, produciendo el tiro y la ca\u00edda, la confusi\u00f3n y la derrota de sus tropas, que en la oscuridad se creyeron acometidas por la espalda.<br \/>\nAl huir aturdidos, presos de un terror s\u00fabito, descargaron los que pudieron sus grandes pistolas sobre las bre\u00f1as, alcanzando a Cata un proyectil en medio del pecho.<br \/>\nDe ah\u00ed le manaba un grueso hilo de sangre negra.<br \/>\nEl capit\u00e1n a\u00fan se mov\u00eda. Por instantes se crispaba violento, alz\u00e1ndose sobre los codos, para volver a quedarse r\u00edgido. La bala le hab\u00eda atravesado el cuello, que ten\u00eda todo enrojecido y cubierto de cuajarones.<br \/>\nRevolcado con las ropas en desorden y las espuelas enredadas en la maleza, era el blanco del ojo brav\u00edo y siniestro de Cata, que a \u00e9l se aproximaba en felino arrastre con un cuchillo de mango de asta en la diestra.<br \/>\nHacia el frente, vejase la tapera hecha terrones; la zanja con el cicutal aplastado por el peso de los cuerpos muertos; y all\u00e1 en el fondo, donde se marearon los caballos, un mont\u00f3n deforme en que s\u00f3lo se descubr\u00edan cabezas, brazos y piernas de hombres y matalotes en l\u00fagubre entrevero.<br \/>\nEl llano estaba solitario. Dos o tres de los caballos que hab\u00edan escapado a la matanza, mustios, con los ijares hundidos y los aperos revueltos, pugnaban por triscar los pastos a pesar del freno. Saliales junto a las coscojas un borboll\u00f3n de espuma sanguinolenta.<br \/>\nAl otro flanco, se alzaba un monte de talas cubierto en su base de arbustos espinosos.<br \/>\nEn su orilla, como atisbando la presa, con los hocicos al viento y las narices muy abiertas, \u00e1vidas de olfateo, med\u00eda docena de perros cimarrones iban y ven\u00edan inquietos lanzando de vez en cuando sordos gru\u00f1idos.<br \/>\nCatalina, que hab\u00eda apurado su avance, lleg\u00f3 junto a Heitor, callada, jadeante, con la melena suelta como un marco sombr\u00edo a su faz bronceada: reincorporose sobre sus rodillas, dando un ronco resuello, y busc\u00f3 con los dedos de su izquierda el cuello del oficial portugu\u00e9s, apartando e1 liquido coagulado de los labios de la herida.<br \/>\nSi hubiese visto aquellos ojos negros y fijos; aquella cabeza crinuda inclinada hacia \u00e9l, aquella mano armada de cuchillo, y sentido aquella respiraci\u00f3n entrecortada en cuyos h\u00e1litos silbaba el instinto como un reptil quemado a hierro, el brioso soldado hubi\u00e9rase estremecido de pavura.<br \/>\nAl sentir la presi\u00f3n de aquellos dedos duros como garras, el capit\u00e1n se sacudi\u00f3, arrojando una especie de bramido que hubo de ser grito de c\u00f3lera; pero ella, muda e implacable, introdujo all\u00ed el cuchillo, lo revolvi\u00f3- con un gesto de espantosa sa\u00f1a, y luego cort\u00f3 con todas sus fuerzas, sujetando bajo sus rodillas la mano de la v\u00edctima, que tent\u00f3 alzarse convulsa.<br \/>\n-Al \u00f1udo ha de ser! -rugi\u00f3 el drag\u00f3n-hembra con ira reconcentrada.<br \/>\nTejidos y venas abri\u00e9ronse bajo el acerado filo hasta la tr\u00e1quea, la cabeza se alz\u00f3 besando dos veces el suelo, y de la ancha desgarradura salt\u00f3- en espeso chorro toda la sangre entre ronquidos.<br \/>\nEsa lluvia caliente y humeante bati\u00f3 el seno de Cata, corriendo hasta el suelo.<br \/>\nSoportola inm\u00f3vil, resollante, hoscosa, fiera; y al fin, cuando el fornido cuerpo del capit\u00e1n ces\u00f3 de sacudirse qued\u00e1ndose encogido, crispado, con las u\u00f1as clavadas en tierra, en tanto el rostro vuelto hacia arriba ense\u00f1aba con la boca abierta y los ojos saltados de las \u00f3rbitas, el ce\u00f1o iracundo de la \u00faltima hora, ella se pas\u00f3 el pu\u00f1o cerrado por el seno de arriba abajo con expresi\u00f3n de asco, hasta hacer salpicar los co\u00e1gulos lejos, y exclam\u00f3 con indecible rabia:<br \/>\n-\u00a1Que la lamban los perros!<br \/>\nLuego se ech\u00f3 de bruces, y sigui\u00f3 arrastr\u00e1ndose hasta la tapera.<br \/>\nEntonces, los cimarrones coronaron la loma, dispersos, a paso de fiera, alargando cuanto pod\u00edan sus pescuezos de erizados pelos como para aspirar mejor el fuerte vaho de los declives.<br \/>\nVI<\/p>\n<p>Algunos cuervos enormes, muy negros, de cabeza pelada y pico ganchudo, extendidas y casi inm\u00f3viles las alas, empezaban a poca altura sus giros en el espacio, lanzando su graznido de ansia l\u00fabrica como una nota funeral.<br \/>\nCerca de la zanja, vejase un perro cimarr\u00f3n con el hocico y el pecho ensangrentados. Ten\u00eda propiamente botas rojas, pues parec\u00eda haber hundido los remos delanteros en el vientre de un cad\u00e1ver.<br \/>\nCata alarg\u00f3 el brazo, y lo amenaz\u00f3 con el cuchillo. El perro gru\u00f1\u00f3, ense\u00f1\u00f3 el colmillo, el pelaje se le erizo en el lomo y bajando la cabeza preparose a acometer, viendo sin duda cu\u00e1n sin fuerzas se arrastraba su enemigo.<br \/>\n-\u00a1Ven\u00ed, Canel\u00f3n! -grit\u00f3 Cata col\u00e9rica, como si llamara a un viejo amigo- \u00a1A \u00e9l, Canel\u00f3n&#8230;<br \/>\nY se tendi\u00f3, desfallecida&#8230;<br \/>\nAll\u00ed, a poca distancia, entre un mont\u00f3n de cuerpos acribillados de heridas, polvorientos, inm\u00f3viles con la profunda quietud de la muerte, estaba echado un mast\u00edn de piel leonada como haciendo la guardia a su amo.<br \/>\nUn proyectil le hab\u00eda atravesado las paletas en su parte superior, y parec\u00eda postrado y dolorido.<br \/>\nM\u00e1s lo estaba su amo. Era \u00e9ste el sargento Sanabria, acostado de espaldas con los brazos sobre el pecho, y en cuyas pupilas dilatadas vagaba todav\u00eda una lumbre de vida.<br \/>\nSu aspecto era terrible.<br \/>\nLa barba casta\u00f1a recia y dura, que sus soldados comparaban con el borl\u00f3n de un toro, aparec\u00eda te\u00f1ida de roji-negro.<br \/>\nTen\u00eda una mand\u00edbula rota, y los dos fragmentos del hueso saltado hacia afuera entre carnes trituradas.<br \/>\nEn el pecho, otra herida. Al pasarle el plomo el tronco, hab\u00edale destrozado una v\u00e9rtebra dorsal.<br \/>\nAgonizaba tieso, aquel organismo poderoso.<br \/>\nAl grit\u00f3 de Cata, el mast\u00edn que junto a \u00e9l estaba, parec\u00eda salir de su sopor; fuese levantando tr\u00e9mulo, como entumecido, dio algunos pasos inseguros fuera del cicutal y asom\u00f3 la cabeza&#8230;<br \/>\nEl cimarr\u00f3n baj\u00f3 la cola y se alej\u00f3 relami\u00e9ndose los bigotes, a paso lento, import\u00e1ndole m\u00e1s el fest\u00edn que la lucha. Merodeador de las bre\u00f1as, compa\u00f1ero del cuervo, ven\u00eda a hozar en las entra\u00f1as frescas, no a medirse en la pelea.<br \/>\nVolviose a su sitio el mast\u00edn, y Cata lleg\u00f3 a cruzar la zarja y dominar el l\u00fagubre paisaje.<br \/>\nDetuvo en Sanabria, tendido delante, sobre lecho de cicutas, sus ojos negros, febriles, relucientes, con una expresi\u00f3n intensa de amor y de dolor.<br \/>\nY arrastr\u00e1ndose siempre llegose a \u00e9l, se acost\u00f3 a su lado, tom\u00f3 alientos, volviose a incorporar con un quejido, lo bes\u00f3 ruidosamente, apartole las manos del pecho, cubriole con las dos suyas le herida y quedose contempl\u00e1ndole con fijeza, cual si observara como se le escapaba a \u00e9l la vida y a ella tambi\u00e9n.<br \/>\nNubl\u00e1bansele las pupilas al sargento, y Cata sent\u00eda que dentro de ella aumentaba el estrago en las entra\u00f1as.<br \/>\nGir\u00f3 en derredor la vista quebrada ya, casi exang\u00fce, y pudo distinguir a pocos pasos una cabeza desgre\u00f1ada que ten\u00eda los sesos volcados sobre los p\u00e1rpados a manera de horrible cabellera. El cuerpo estaba hundido entre las bre\u00f1as.<br \/>\n-\u00a1Ah!&#8230; \u00a1Ciriaca! -exclam\u00f3 con un hipo violento.<br \/>\nEn seguida extendi\u00f3 los brazos, y cay\u00f3 a plomo sobre Sanabria.<br \/>\nEl cuerpo de \u00e9ste se estremeci\u00f3; y apagase de s\u00fabito el p\u00e1lido brillo de sus tilos.<br \/>\nQuedaron formando cruz, acostados sobre la misma charca, que Canel\u00f3n olfateaba de vez en cuando entre hondos lamentos.<\/p>\n<p>Eduardo Acevedo D\u00edaz<br \/>\nAntolog\u00eda del cuento uruguayo<br \/>\nArturo S. Visca<br \/>\nEdiciones de la Banda Oriental<br \/>\nMontevideo &#8211; 1968<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El combate de la Tapera de Eduardo Acevedo es un espl\u00e9ndido cuadro \u00e9pico. Es realmente admirable c\u00f3mo el autor logra trasmitir un intenso sentimiento nacional pero dejando actuar solos a los actores del drama. En esta peque\u00f1a obra maestra, triunfa plenamente la objetividad narrativa. 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